Una historia de sobremesa
Por, La del centro.
La
temporada de bodas se acercaba, más bien, uno de mis tantos primos mayores se
casaba, así que la correspondiente invitación llegó a mi casa, con la sorpresa
que en vez de solo invitar a los parejas que ya eran conocidas por todos se
reservó un espacio por si la prima deseaba llevar a alguien aún no conocido.
Ratos tengo
de no salir formalmente con alguien y mi vida sentimental no es de dominio
público. (nunca he entendido a esas
mujeres que sienten la necesidad de publicar en las redes sociales muchos “Te
amo” al novio de turno para demostrarle el amor al joven en cuestión. Me parece
que es la versión femenina de mostrar un trofeo al mejor estilo de “vean, sí
tengo a alguien de mi lado” o demostrar que alcanzaron su meta máxima de vida.
No me malinterpreten, sí quiero encontrar al amor de mi vida y construir una
vida con él. Y más importante, pienso
que el afecto se demuestra con hechos y
palabras en privado. Requiere más valor mirar al novio a los ojos, decírselo y
de verdad sentirlo. Pero ese tema es para otra ocasión.)
De repente
la perspectiva de la boda cambió, ya no me vi sentada en la mesa platicando con
los tíos. Ya que los caballeros que últimamente me han invitado a salir no son
de mi agrado decidí invitar a un amigo (Pepe, nombre inventado, claro está) a la boda. De esa manera ganaría muchas risas o
filosofáramos usando ropa formal.
Decidí
comentarle la situación a mi buena amiga Paulina, ya que aparte de también
llevarse con Pepe, se podría decir que es su ex (otra historia para otra
ocasión), así que se conoce las idas y venidas de ese muchacho. Aquí empieza a
ponerse interesante la historia, la conversación entre Paulina y yo fue más o
menos así:
“Hey, tengo
una boda y puedo llevar a una cita, pero a falta de una, ¿crees que fuera buena
idea invitar a Pepe?”
-pregunte, para poder escuchar ideas.
“Mmmmm, en
teoría sí, pero toma en cuenta como son en su casa” –Paulina empieza a
demostrar su conocimiento de causa.
“Sí, yo sé,
que a veces no puede pedir el carro prestado” - primera señal de mi ignorancia
“No, no es
solo eso. Es que no puede llegar un sábado más tarde de las 10 p.m. si anda el
carro de los papás y más allá de las 11 p.m. si lo van a dejar. Háblale y dile de
frente que si podrá llegar tarde ese día a su casa y que no te deje en el aire”
–dijo Paulina, como si uno expresa que mañana saldrá el sol.
Empecé a
comprender la magnitud del asunto. Pepe en efecto me había comentado que los
papas tienen reglas estrictas, pero yo no sabía los detalles del asunto. He de
especificar que Pepe tiene 26 años, graduado de economía y becado para estudiar en los EUA, por lo tanto ya vivió solo, trabaja (después hablamos de su trabajo, nunca he entendido por qué
no tiene uno mejor, teniendo el título que tiene) pero a duras penas sale con
sus gastos, paga su préstamo que le ayudo durante la beca y feo no es, aunque últimamente
ha engordado.
“¿No puede llegar más allá de las 11 p.m. ?” - solo para aclarar mi mente,
volví a pedir una explicación
“No, no
puede hacerlo, mucho menos si anda el carro de sus papás” –Paulina sigue con el
tono de maestra de ciencias mientras explica la salida del sol.
“¿¿¿¿¿CÓMO ?????” –después de tan calmada confirmación
yo fui la que se exaltó.
“Sí” –suspira
Paulina, aunque toda la conversación con Paulina era por Whatsapp sé que tuvo
un suspiro de paciencia.
Para este
momento decidí hablarle a Pepe e invitarlo a la boda. Tenía que escucharlo de
la voz de él. La conversación fue al grano y directa a comprobar la teoría: “Qué
ondas Pepe, mira, tengo una boda y puedo llevar a alguien. ¿Crees que te dan
permiso de sacar el carro y llegar después de las 11pm? Es la boda de mi primo”. Una frase fue la única contestación: “Sí, yo creo que
sí. Te aviso el domingo”. Murió la
llamada.
Regresando al Whatsapp con Paulina:
“A ver si
entiendo,¿ el licenciado, que el Mr. viví solo en EUA y quiero cambiar el
mundo, tiene que pedir permiso para llegar tarde a su casa un sábado?” –mis sarcasmos, siempre a flor de
piel empezaron a salir.
“Sí y no
solo eso. No lo dejan estar con la puerta de su cuarto cerrada. Son bastante
agobiantes con él los papás” –Paulina solo le echaba leña al fuego.
Allí sí
casi me atraganto, es cierto que no tiene su propio carro (yo tampoco lo tengo,
pero para aclarar, tengo mi propio mini negocio y mi salario no me alcanza para
una cuota para pagar el carro, sin dejar de lado que no soy sujeta de crédito
bancario. Lo único bueno del asunto, no me hostigan las llamadas para ofrecerme
tarjetas de crédito) pero ¡no poder cerrar la puerta de su cuarto a los 26!,
eso ya es para estudio. Esa guerra de la cerrada de la puerta y la privacidad
pensé que uno la daba y más importante aún, se ganaba en la pubertad.
El resto de
la conversación con Paulina fue circular, volvimos a repasar los hechos. Pero
concluí que la adolescencia no se ha terminado si uno no ha ganado
independencia emocional de los papás y la capacidad de hacerles frente y tomar
sus propias decisiones, pequeñas o grandes sin que ellos se impongan. Si lo
sabré yo, nací en una familia muy conservadora, pero de algún modo aprendí a
comunicar “me voy sola de viaje a tal lugar, regreso en tantos días” sin que
esto provoque más comentarios que cuando anunció que voy al cine un domingo por
la tarde.
En
fin, espero que Pepe aprenda muy rápido
a no ser dependiente emocional de sus papás, que manifieste y haga lo correcto
sin que sus futuras acciones sean aprobadas por ellos. Y que mejor aún, que se
deje de mentir a si mismo del porqué se siente frustrado emocionalmente y
económicamente. Que tome la vida por delante ejerciendo su libertad y asumiendo
las responsabilidades de lo que hace o deja de hacer.
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