lunes, 21 de octubre de 2013

Mis lágrimas tienen tu cara

Y me siento, con los ojos llenos de lágrimas a recordarlo. A recordar lo que nunca existió. Y me quedo, con el corazón en la mano, con el corazón chiquitito pensando en lo que nunca pasó.

¿Por qué me gustará tanto pensar en él mientras lloro? Quizá las lágrimas necesitan cara, son tan transparentes que necesitan alma, que necesitan una razón para rodar.
(A mí me gusta ponerles tu cara).

Yo se que él también está sufriendo. Pero por alguna, no por mí. Eso nunca pasará.
Que sufra por otra, que sufra por ella, pero ¡que sufra! y que sus lágrimas tengan su cara y que su llanto tenga su alma. No me importa por quién ¡pero que sufra!


viernes, 18 de octubre de 2013

Chico Malo

Era un chico malo disfrazado de ejecutivo. Llevaba la cabeza rapada y debajo de sus cejas gruesas, asomaban un par de pícaros ojos azules que contaban historias que seguramente, habían hecho a más de alguna sonrojarse.

Fue mientras contaba una de esas cuando yo lo conocí. Hablaba fuerte y sonreía, parecía que con cada palabra revivía los buenos momentos. Dijo que en Centroamérica se la había pasado 'la raja', una expresión que quizá, solo comprenden los santiaguinos, pero que en español significa ¡genial!.

Dijo que no comprendía lo que pasaba, dijo que las centroamericanas estaban locas, dijo que con solo escucharlo hablar las tenía en la cama, dijo que se había acostado como con tres en la misma noche, dijo que le había ido mejor que en Colombia y todo eso, lo dijo con una sonrisa en los labios y otra en los ojos.

Yo lo escuché contar sobre su accidente de moto, lo escuché contar las curvas de cada chica con la que había estado, lo escuché hacerlas jadear, lo escuché vuelto loco. Y luego, lo vi irse con sus historias, sus ojos y su sonrisa.

Era un chico malo. Y me hizo sonrojar.

lunes, 14 de octubre de 2013

Candados

Últimamente mis días han estado llenos de historias que contar. Libros y aviones, labios y canciones, calles y miradas, me han hecho recordar que la vida hay que escribirla, tal como lo hacía hace tantos años en aquella pequeña libreta que con tanto celo y candado guardaba bajo la almohada. 

No me daba cuenta entonces que no solo guardaba secretos y confesiones, me estaba guardando a mí misma y el candado se lo estaba poniendo a los sentimientos, escondiéndolos en clave, con una combinación que luego olvidaría.

Aquí está mi corazón ahora, buscando re-escribir su historia sin tantas claves ni candados; sin embargo, tan frágil e inocente como en aquellos días. Y es que si algo podrá reflejarse en estas líneas es que, para ser una niña buena, hay que guardar el corazón bajo la almohada. 

Lo que nadie nunca me advirtió es que luego de tanto tiempo encerrado, el corazón se acomoda y el alma...se duerme.

domingo, 13 de octubre de 2013

Saludo

¿Cómo estás? Esa pregunta tan trivial que, cuando la haces tú, deja de serlo. Como cuando me decías "guapa" y ese escalofrío delicioso me devoraba el cuerpo, queriendo imitarte.

"¿Cómo estás?" Esa pregunta tan trivial que si sale de tus labios, me provoca desnudarme completa ante ti, como solía hacerlo sin que lo consultaras.

¿Cómo estás? Esas dos palabras que, cuando las juntas tú, empiezan a tener a sentido y son importantes.

¿Cómo estoy? Me pregunto, entonces, para responderte.

Estoy triste, porque solo te gusté, pero nunca suficiente.
Estoy aburrida, porque las historias de otros no me divierten.
Estoy cansada, porque en todos te busco y en ninguno te encuentro.
Estoy ojerosa, porque las noches duran demasiado y el sueño muy poco.
Estoy sola, porque sigo estando contigo.
Estoy estudiando, para aprender que tus dedos ahora se deslizan sobre otra(s).
Estoy fingiendo, porque estar triste, aburrida, cansada, ojerosa, sola y estudiando no es atractivo.
Estoy ausente, porque todavía no soy yo.
Estoy.
Ya no estoy, porque decidí irme y ya no verte.
Estoy lejos, porque estar cerca tuyo me hacía daño.
Estoy angustiada, porque esta ciudad es muy cara.
Estoy perdida, porque todavía no se dónde estoy y tu no vendrás a buscarme.
Estoy sentada.
Estoy pensando.
Estoy aquí.
Estoy sin tí...

"Bien" respondo.

Ingenuo

No era guapo, ni un poco atractivo siquiera.
Sus ojos eran pequeñitos y tristones, su naríz demasiado grande.
Su aliento olía mal y su pelo no tenía gracia.
Le gustaba coquetear tanto como emborracharse.
No era alto, ni un poco fornido siquiera.
Sus labios eran gruesos y su mente, cuadrada.
La palabra se le daba facil, como muchas faldas.
Tenía la piel tostada y sabía bien.
Discutía mucho por nada y escuchaba poco.
Mentía con la misma frecuencia con la que encendía sus cigarros.
Le gustaba besar despacio y manejar rápido.
Le molestaba que lo hicieran esperar y él siempre llegaba tarde.
Tenía tantos nombres como deslices.
Su espalda no era ancha, tampoco su billetera.
Repetía tantas historias como besos recibía.
Decía que le gustaba la buena música y
Le gustaba presumir de buenos contactos.
Sus obsesiones eran tantas como mis ilusiones con él.
Se vestía como adolescente y se comportaba como viejo.
Nunca supe si logró ser viejo.
Tenía una canción para cada fotografía y un motivo para cada canción.
Era mentiroso, amargado y astuto. Incapaz de perder una discusión.
Tenía las piernas largas y los dedos gruesos.
Tenía el sol en los ojos y la luna en la espalda.
Tenía todas las respuestas y le gustaba escribir.
Y a pesar de todo, era muy ingenuo.
Pensaba que a mí, también me tenía.

Amigos

Lo conocí con una chiquila colgando de su cuello. Después me di cuenta que eran muchas las que aspiraban a columpiarse en él. Yo no. Ni siquiera sé cómo fue que llegué a pensar que eramos amigos, ya no lo recuerdo.

Era bajito, moreno, musculoso, siempre estaba tomando agua y le gustaba usar camisetas de esas que estaban de moda. Yo pensé que era mi amigo, pasa que yo confundo fácilmente la amistad con los deberes académicos. Él no.

Una vez, me saqué 10 en uno de esos exámenes tontos que uno creaba en Facebook para comprobar quién te conoce de verdad. Yo fui la única que supo responder correctamente la hora a la que se iba a dormir.

Otra vez, fuimos juntos a un asilo, no puedo recordar por qué pero obviamente era uno de esos deberes académicos que yo terminé confundiendo con amistad. En esa ocasión, Doña Mirtala, la anciana que visitábamos, pensó que éramos más que amigos.

También pasamos aproximadamente 28 horas metidos en una ferretería armando una especie de estructura ridícula hecha de tubos de PVC que según yo, sería una obra maestra de arquitectura postmoderna y terminó siendo un intento patético de refugio que nos puso al fondo de la lista de los peores grupos en contienda. Mientras escribía esto, me di cuenta que debí haber respondido "no" cuando me preguntó si era así como me imaginaba que quedaría.

Lo vi ser perseguido, lo vi enamorarse, lo vi frustrarse y lo vi sonreir. Lo ví quedarse con la novia de su mejor amigo y sin embargo, nunca lo ví despeinado.

No eramos amigos. Mi mentecita inmadura había confundido un sinfín de días envueltos en deberes académicos con la profundidad de la amistad. Me sigue doliendo. Porque a pesar de su membresía de por vida del gimnasio y sus camisas Zara Man, encontré a un muchachito inteligente, divertido e incluso interesante, camuflajeado entre amargura, hipocrecía y litros de agua.

No éramos amigos. Y cuando me di cuenta, te di UnFollow en Twitter. Ahora ya no sé a qué hora te vas a dormir.

Sin embargo yo

Estabas hablando de más. Tus labios se movían, dibujando sonidos con el humo de tu cigarrillo. Estabas nervioso. Habías convertido tus bolsillos en un refugio discreto para tus manos temblorosas, que de vez en cuando, posabas al rededor de mi cintura.

Sin embargo, tú siempre estás hablando de más y tus manos nunca abandonan la lumbre de un cigarrillo ni las curvas de una mujer.

No sabías a dónde íbas. Caminabas junto mí, cantando versos repetidos de cuentos aburridos. Estabas perdido. Saltando de ciudad en ciudad, recorriendo caminos inventados en mapas sin tesoros.

Sin embargo yo, nunca te detuve. Tú siempre estás perdido aunque sepas a dónde vas, es esa sensación a la que llamas libertad.

Estabas distraído, aburrido de tus propias aventuras imaginarias. Mi inocencia ya no te parecía divertida y mis comentarios ya no desafiaban tu intelecto. Estabas amargado. Cortabas el aire con el filo de tus palabras y tu mirada era un tunel interminable donde yo, no cabía.

Estabas insoportable.

Sin embargo tú, siempre has sido insoportable: distraído, aburrido, amargado. ¡Insoportable!

Sin embargo yo, sin darme cuenta, porque sin embargo yo, te quiero.
No...
Sin embargo yo,

te quería.

Mi error fue pensarte bueno.
Mi error fue pensarte.
Mi error fue.
Mi error.
Tú.

sábado, 12 de octubre de 2013

Vernos y tocarnos

Es cierto, en ese momento los dos queríamos vernos y tocarnos. Es cierto, estaba oscuro, era ayer y estábamos celebrando tu cumpleaños veinticuatro, esa edad tan irrelevante. Los dos estábamos mareados y tu olor a cigarro, tus manos al rededor de mi cintura y tu aliento a cerveza facilitaron las cosas y los labios.

Alargué la noche esperando alguna señal. Una mirada tal vez, algún mensaje coqueto por el celular, unas palabras insinuantes en mi oído mientras los demás cantaban y saltaban con esa música que yo pretendía conocer. ¡Algo! que confirmara que mi escote y esos jeans entallados no me durarían mucho puestos en cuanto estuviéramos solos.

Platiqué con tus amigos con una cerveza en la mano y con el balcón en la espalda.  Era la primera vez que los veía y quería que me encontraran atractiva. Me pasé las manos por el pelo, sonreí y use mi repertorio de miraditas más dulce. Tú llegabas de vez en cuando con tu risa, tus lentes y tus historias, esas que nunca te hacen falta.

Me puse delineador negro en los ojos y me dejé el pelo suelto. Te iba a ver y me ibas a ver, aunque, en ese momento ninguno de los dos quiso solo verse. Eso lo sé ahora.

Y es cierto, en ese momento, también te quería.

viernes, 11 de octubre de 2013

El Bar

Una noche más en el angosto bar, tratando de dejar atrás el mal sabor del día.  Mientras sostenía su cerveza negra observaba las imperfecciones del vaso y sobre todo  como la espuma iba disolviéndose mientras los segundos pasaban. El único momento del día que valía la pena. Siempre era ese, esperar que la espuma de la cerveza se disolviera hasta quedar el amargo líquido negro que le quemaba la garganta y que junto con ese ardor se acordaba de volver a vivir. Pero esos 90 segundos de silencio en su mente eran los que le daban sentido a esa vida sin sentido en la que sospechaba que algo faltaba pero a la vez no podía asegurar  que su vida no estaba completa.

No podía entender cómo ese espectáculo le daba cierta quietud a su mente. Y que solo en este angosto bar le era posible disfrutar de esa paz. Había intentado disfrutar momentos similares en otros bares con otras cervezas, pero sólo esa servida por ese cantinero que no pronuncia palabra –porque no quiere, no porque no pueda-le brindaba paz.

Los "permisos"

Una historia de sobremesa
Por, La del centro.


La temporada de bodas se acercaba, más bien, uno de mis tantos primos mayores se casaba, así que la correspondiente invitación llegó a mi casa, con la sorpresa que en vez de solo invitar a los parejas que ya eran conocidas por todos se reservó un espacio por si la prima deseaba llevar a alguien aún no conocido.

Ratos tengo de no salir formalmente con alguien y mi vida sentimental no es de dominio público.  (nunca he entendido a esas mujeres que sienten la necesidad de publicar en las redes sociales muchos “Te amo” al novio de turno para demostrarle el amor al joven en cuestión. Me parece que es la versión femenina de mostrar un trofeo al mejor estilo de “vean, sí tengo a alguien de mi lado” o demostrar que alcanzaron su meta máxima de vida. No me malinterpreten, sí quiero encontrar al amor de mi vida y construir una vida con él.  Y más importante, pienso que el afecto se demuestra con hechos  y palabras en privado. Requiere más valor mirar al novio a los ojos, decírselo y de verdad sentirlo. Pero ese tema es para otra ocasión.)

De repente la perspectiva de la boda cambió, ya no me vi sentada en la mesa platicando con los tíos. Ya que los caballeros que últimamente me han invitado a salir no son de mi agrado decidí invitar a un amigo (Pepe, nombre inventado, claro está)  a la boda. De esa manera ganaría muchas risas o filosofáramos usando ropa formal.

Decidí comentarle la situación a mi buena amiga Paulina, ya que aparte de también llevarse con Pepe, se podría decir que es su ex (otra historia para otra ocasión), así que se conoce las idas y venidas de ese muchacho. Aquí empieza a ponerse interesante la historia, la conversación entre Paulina y yo fue más o menos así:

“Hey, tengo una boda y puedo llevar a una cita, pero a falta de una, ¿crees que fuera buena idea invitar a Pepe?” -pregunte, para poder escuchar ideas.
“Mmmmm, en teoría sí, pero toma en cuenta como son en su casa” –Paulina empieza a demostrar su conocimiento de causa.
“Sí, yo sé, que a veces no puede pedir el carro prestado” - primera señal de mi ignorancia
“No, no es solo eso. Es que no puede llegar un sábado más tarde de las 10 p.m. si anda el carro de los papás y más allá de las 11 p.m. si lo van a dejar. Háblale y dile de frente que si podrá llegar tarde ese día a su casa y que no te deje en el aire” –dijo Paulina, como si uno expresa que mañana saldrá el sol.

Empecé a comprender la magnitud del asunto. Pepe en efecto me había comentado que los papas tienen reglas estrictas, pero yo no sabía los detalles del asunto. He de especificar que Pepe tiene 26 años, graduado de economía y becado para estudiar en los EUA, por lo tanto ya vivió solo, trabaja (después hablamos de su trabajo, nunca he entendido por qué no tiene uno mejor, teniendo el título que tiene) pero a duras penas sale con sus gastos, paga su préstamo que le ayudo durante la beca y feo no es, aunque últimamente ha engordado.

“¿No puede llegar más allá de las 11 p.m. ?” - solo para aclarar mi mente, volví a pedir una explicación
“No, no puede hacerlo, mucho menos si anda el carro de sus papás” –Paulina sigue con el tono de maestra de ciencias mientras explica la salida del sol.
“¿¿¿¿¿CÓMO ?????” –después de tan calmada confirmación yo fui la que se exaltó.
“Sí” –suspira Paulina, aunque toda la conversación con Paulina era por Whatsapp sé que tuvo un suspiro de paciencia.

Para este momento decidí hablarle a Pepe e invitarlo a la boda. Tenía que escucharlo de la voz de él. La conversación fue al grano y directa a comprobar la teoría: “Qué ondas Pepe, mira, tengo una boda y puedo llevar a alguien. ¿Crees que te dan permiso de sacar el carro y llegar después de las 11pm? Es la boda de mi primo”. Una frase  fue la única contestación: “Sí, yo creo que sí. Te aviso el domingo”. Murió la llamada. 

Regresando al Whatsapp con Paulina:
“A ver si entiendo,¿ el licenciado, que el Mr. viví solo en EUA y quiero cambiar el mundo, tiene que pedir permiso para llegar tarde a su casa un sábado?” –mis sarcasmos, siempre a flor de piel empezaron a salir.
“Sí y no solo eso. No lo dejan estar con la puerta de su cuarto cerrada. Son bastante agobiantes con él los papás” –Paulina solo le echaba leña al fuego.
Allí sí casi me atraganto, es cierto que no tiene su propio carro (yo tampoco lo tengo, pero para aclarar, tengo mi propio mini negocio y mi salario no me alcanza para una cuota para pagar el carro, sin dejar de lado que no soy sujeta de crédito bancario. Lo único bueno del asunto, no me hostigan las llamadas para ofrecerme tarjetas de crédito) pero ¡no poder cerrar la puerta de su cuarto a los 26!, eso ya es para estudio. Esa guerra de la cerrada de la puerta y la privacidad pensé que uno la daba y más importante aún, se ganaba en la pubertad.

El resto de la conversación con Paulina fue circular, volvimos a repasar los hechos. Pero concluí que la adolescencia no se ha terminado si uno no ha ganado independencia emocional de los papás y la capacidad de hacerles frente y tomar sus propias decisiones, pequeñas o grandes sin que ellos se impongan. Si lo sabré yo, nací en una familia muy conservadora, pero de algún modo aprendí a comunicar “me voy sola de viaje a tal lugar, regreso en tantos días” sin que esto provoque más comentarios que cuando anunció que voy al cine un domingo por la tarde.

En fin,  espero que Pepe aprenda muy rápido a no ser dependiente emocional de sus papás, que manifieste y haga lo correcto sin que sus futuras acciones sean aprobadas por ellos. Y que mejor aún, que se deje de mentir a si mismo del porqué se siente frustrado emocionalmente y económicamente. Que tome la vida por delante ejerciendo su libertad y asumiendo las responsabilidades de lo que hace o deja de hacer. 

Torpe

Lánguidos tus besos como tu voz.
Resultaste un amante torpe y melancólico.
Yo quería fuego y me diste excusas
porque las palabras te sobran, aburridas.

Marchitos tus pensamientos, como todo tú,
Desperdicio de ilusión, de entrega.
Yo quería un héroe y me gané una víctima
construida de lamentos infundados.

Patéticos tus intentos de amor y
de sueños secados al sol.
Yo buscando un universo y tú,
preso triste de una cama donde jamás volveré.