miércoles, 28 de mayo de 2014

Los celos

Mientras escucho un poco de Lou Reed y Metallica pongo mis límites a esta locura: descubriendo mi paz mental, conociendo dónde es el punto en el que doy mi brazo a torcer en mi mente y decir ¡basta!
Muy bonito, entretenido, risible y hasta musical esto de los amores platónicos. Da para buenas historias de ficción, inspira personajes y material para varias historias de sobre mesa. Dejando el chiste de lado, uno conoce sus límites, saliendo de la zona de confort se aprende en base al ensayo y error la necesidad de una sonrisa por acá, una por allá buscando conocer los detalles detrás de la máscara del sujeto en cuestión.

Todo lo nuevo y positivo bienvenido, pero las alertas suenan cuando lo desconocido pero negativo sale a la luz, en mi caso particular los celos. En la entrada anterior conté sobre una chava que le pareció guapa a mi sujeto en cuestión. Hoy volvíamos a estar los tres en el mismo sitio y tuve mi primer ataque de celos. Quería ser yo la que le provocara la admiración y lo más importante, ¡saberlo! Esa emoción visceral que gritaba con fuerza en mi interior salió a bailar por primera vez en mí.

Las alarmas sonaron, como en la película cuando los buenos se han robado el uranio que evitará la construcción de una bomba nuclear.  Dentro de mi mente una escena de Juegos de Guerra empezó: la razón contra el nuevo y ruidoso sentimiento.

Un par de horas después la guerra terminó y aprendí que el límite empieza donde dejo de estar en paz, en donde mi mente abandona las ilusiones por deseos concretos que no dependen de mí.  Donde dejo de imaginar lo que quisiera cambiándolos por escenarios negativos y peor, convertirme en esclava de algo que nunca podré controlar. La loca de la casa es la que hay que tener bajo cuidado y sea como sea, la loca de la casa no ganará ni esta, ni otra lucha que implique ser esclava de mis miedos.


Si, probablemente no termine con él. Lo más seguro, pero ese miedo a que no pase lo que quiero no será el dueño de mi paz. Los celos son la antesala al infierno. Mis miedos son mi infierno en la tierra. No, yo no seré esclava de ellos. La línea la dibujo acá, donde la ilusión bromas y risas se transforma en miedos. Esa línea la cruce por varias horas, ya no, ya regrese a mi libertad.

domingo, 18 de mayo de 2014

Vete de mi mente

Vete de mi mente por favor, ya no te quiero más allí. No sabes los destrozos que me provocas, te detesto. Haz hecho que pierda mi control. Yo solo tengo dos formatos: tranquilidad o desenfreno. Los puntos medios me molestan, no estoy hecha para ellos. Son sosos, sin sentido y mediocres. No puedo estar cerca de ti y no desear tocarte. Aquí me tienes en un punto medio por ti, así que por favor, vete de mi mente.

Te veo y no sé cómo actuar. Esto me roba la paz. Detrás de la sonrisa y los ojitos maquillados se esconde un torbellino de sentimientos que quiere salir y cambiarte tu vida 180 grados. Claro que estuviera dispuesta a hacerlo.

Me pones nerviosa. Me pones sonriente. Eres el primer hombre por el cual deliberadamente busco una y otra vez cuál es la ropa que mejor me favorece. Quisiera saber cómo te agrado más, quisiera complacerte. Quisiera poder decirte una y mil veces lo mucho que me gustas, que eres imposiblemente guapo y el dueño de una sonrisa que me cautiva, con unos ojos sinceros y agradables. Hablas con una pasión que me deja sin aliento. Quiero coquetearte de una manera descarada.

Una noche de estas fue la mejor y peor de mi vida. Estuvimos en una de esas reunioncitas que nos unen. Pizza, cervezas y plática. Intentaba acercarme a ti lo más posible hasta que por fin lo conseguí. Cabelloroso como siempre me acercaste una silla y luego te sentaste junto a mí. Todo iba según mi plan hasta que me comentas en voz alta que la señorita que pasaba al lado estaba guapa. El baldazo de agua fría aún no termina de caer sobre mí. De un comentario a otro terminé diciéndote que yo te veía menor a tu edad. Con una amplia sonrisa me lo agradeciste mientras tu mano tocaba por primera vez mi rodilla. Me sentí electrocutada. Me gustó como se sentían tus manos sobre mí aunque fuera por un segundo. Fue la primera vez que me tocabas espontáneamente y grabe ese recuerdo para toda mi vida. Seguimos bromeando de una y otra cosa. Varias veces aprovechaste para tocarme la rodilla, pasar tus manos por mi espalda intentando calmarme después mientras yo enrollaba mis ojos cuando alguien usaba en vano la palabra libertad. Dos veces mientras me sonreías en broma me empujabas a un lado. Intercambiamos un par de sonrisas cómplices mientras platicábamos. Te metiste en mi espacio personal como quien lo ha hecho toda la vida y se sintió natural. Me hicieron ver que has sido el primero de ese grupo de hombres con los que me reúno a complotar por la libertad que lo hace. Nota que con varios de ellos nos tenemos mucha confianza. Tambien eres el primero que quiero que siempre lo haga.

Quisiera saber de dónde tuviste la confianza de tocarme. No me quejo. Hazlo las veces que quieras en la magnitud que quieras, yo totalmente dispuesta.  Por favor si no lo harás, si no piensas en mí mientras yo me desvelo escribiéndote. Si solo serás un amor platónico más, por favor te pido que salgas de mi mente.

Vete de mi mente. Yo no soy buena para embotellar mis sentimientos, los quiero dejar salir, los quiero expresar, ¡te los quiero expresar! No sé si te has dado cuenta lo atractivo que eres, pero quisiera decírtelo una y otra vez todos los días. Lo haría sinceramente y de la manera que más te guste. Te aseguro que tengo mil historias que contarte, mil historias que escribirte, mil historias que escucharte y mil historias que vivir juntos. 

Te aseguro que nunca has estado con una mujer como yo: sincera, sin medias tintas y con mucha pasión. Dale, hazlo, agarra mi mano, no te arrepentirás. Pero si decides no hacerlo, por favor sal de mi mente para que otro pueda entrar y con él poder destapar el torbellino embotellado que soy.

Como te comenté antes, con los años he aprendido que gustarle a alguien no me hace peor ni mejor persona, como tampoco no gustarle no me hace peor o mejor persona.  Si no soy correspondida –como sospecho que será- eso no me dolera. Cuando te vayas de mi mente serás un sonriente y feliz recuerdo. 

Pd: Te has ganado dos versos de la sabiduría de la Alanis y Head Over Feet:


You've already won me over in spite of me
And don't be surprised if I love you for all that you are

jueves, 3 de abril de 2014

Mariposas

Yo estaba acostumbrada a ser mal tercio. No tenía novio, no había tenido novio desde hacía ya demasiado tiempo. Cuando me invitaban a algo, cualquier cosa, yo cumplía el papel de soltera. Llegaba, socializaba y bailaba sola, para no interrumpir la química de los no solteros.

Estaba yo cumpliendo mi papel de soltera que baila sola en una fiesta de año nuevo cuando apareció este personaje preguntando “¿bailamos?”. Yo ví a mi alrededor mientras sonaba alguna canción entretenida y me aseguré si era a mí a quien estaba dirigiéndose.

Aunque yo no era la única soltera bailando sola, él seguía parado frente a mí, sin mucha expresión en el rostro y una apariencia extrañamente impecable para lo avanzada que estaba la noche y la cantidad de alcohol disponible. Ante mi falta de respuesta y el volumen de la música, volvió a preguntar “¿bailamos?”. Definitivamente se estaba dirigiendo a mí. Yo tenía un vaso de Vodkatonic a punto de terminarse en una mano, cuando ví las suyas me dí cuenta que no sostenía ninguna bebida. Estaba sobrio. Yo seguía sin responder.

Mi amiga no soltera, al ver la escena del hombre impecable sin mucha expresión parado frente a mí, combinado con mi aparente desconcierto, me gritó al oído: “¿Quieres bailar con él o le digo que se vaya?”. Yo le grité “No hay problema” como respuesta. Al menos no bailaría sola.

“Bueno” le dije sin mucha emoción al hombre que se había parado pacientemente frente a mí desde hace algunos minutos. Entre canciones y otro Vodcatonic, confirmé que estaba sobrio, que no podía tomar porque en cuatro horas más entraría a hacer turno en la marina, lo que al mismo tiempo explicaba por qué lucía tan impecable a las 4 am. Era viñamarino y trabajaba en Valparaíso. Cuando me preguntó cómo me llamaba, contesté “Margarita”. No me llamo Margarita. A mí no me gusta confundir los encuentros de bar con la luz del día.

Ese día fue inevitable. Bailamos y bailando me di cuenta que los marinos no se despeinan, tienen seis cuadritos en el abdomen y los brazos fuertes. El sol salió a eso de las cinco y treinta de la mañana y yo me quedé con él y su six pack hasta las siete, violando mis propias reglas. Antes de despedirnos, me pidió un número y yo le dí mi verdadero nombre. Asumí que jamás lo volvería a ver.

Un mes después, cenamos en Santiago, paseamos por Isidora Goyenechea y casi nos revolcamos en mi apartamento. Él habló de barcos y de historia chilena; yo, de casi nada. Lo escuchaba, buscando esa sensación en la panza que lo hace a uno confirmar que alguien le gusta. Me di cuenta que era flaco, que tenía los ojos inmensos y el cuello largo. Se distraía fácilmente cuando no era él quien hablaba y le gustaba ver películas animadas.

Encontré dulce su gesto de manejar hasta Santiago para verme ese sábado. Y al mismo tiempo, concluí que no quería nada con él. Todavía me escribe de vez en cuando. Yo aún bailo sola, sigo esperando las mariposas.

martes, 25 de febrero de 2014

Sonríes hasta con los ojos

Felicidades, me tienes como dunda, lo lograste a punta de bellas sonrisas combinadas con una chispa en los ojos.

Me acuerdo la primera vez que te vi. Tenías un semblante serio, eso no te restó puntos. Me impresionaste con tu 1.90, bellas facciones y barba. Causaste sensación en mí al punto que para mantener la seriedad  que ameritaba las circunstancias tuve que explotar con la del sur por Whatsapp gritándole: ¡Apurate, vení, AQUÍ HAY UN ADONIS!

Una de las cosas que más nos distingue con la del sur es el gusto físico por los hombres (excepto los actores de Hollywood, allí sí coincidimos) y al principio no te reconoció como el adonis que eres. Casi tuve que señalarte con el dedo. Al verte solo me dijo “muy alto y delgado para mis gustos, pero sí, se nota que es de tus gustos exactos”. A un año y medio  de esa afirmación aún sigo en sorpresa.

Pasó el tiempo y siempre eras el más guapo de todas estas actividades nerdas en las que coincidimos. En ese momento todavía no estaba loca por ti. Mi locura –esto de perder la cordura sin previo aviso lo clasifico como locura- comenzó a los meses de empezarte a ver con más regularidad.  Mi intuición falló. Pensaba que eras extremadamente serio, pero erre en ello. No recuerdo cuál fue la fecha exacta, sospecho que fue alrededor de diciembre cuando empecé a fijarme en ti. La  pasión  con la que transmites tus ideas y lo poco apático que eres con lo que te piensas me empezó a cautivar. Eres un tanto necio. Y mientras contabas con determinación tus ideas, sonreías hasta con los ojos y te pasabas la mano –por cierto, ¡qué bellas manos tienes!- por la barba empezó esta enfermedad.

La enfermedad cedió un poco en el receso navideño. Regresó recargada en el nuevo año al acercarse la fecha en el que tu evento estrella se iba a llevar a cabo. Hablabas mucho de eso en las reuniones, siempre con pasión, sonriendo aun cuando se te notaba la ansiedad de querer que todo saliera bien. Las horas antes del evento no entiendo cómo soportaste tus nervios y yo mis risas nerviosas al verte. Al día siguiente me felicitaste/agradeciste por mi apoyo. La risa de felicidad al leer tu mensaje me hizo el día.

Pasó el tiempo y empecé a buscar las excusas más tontas para hablar contigo. Me provocas sonrisas espontáneas al acordarme de ti. Tengo chinas a mis amigas a las que les he confesado este irremediable enamoramiento. Mientras escribo esto tengo una sonrisa en la boca.

Ayer mí tarde no fue tan buena, mi camino para irme a estudiar afuera siento que se pone más empinado y laboralmente tampoco fue buena. Francamente estaba muy estresada, cansada y la reunión nerda que me encanta no me alegraba la tarde-noche. Moría de ganas por irme a mí casa, ver una serie y dormir. Pero la responsabilidad y saber que tú estarías allí hicieron que llegara.

Al entrar te vi tan cansado como yo. No parecía ser una reunión en la que me fueras a gustar un poco más, no tenías tanta cara de sonreír. Me sentí aliviada, mi enfermedad no aumentaría más. Error. Los 9 nerdos que estábamos empezamos a hablar de política y haciendo gala del humor negro nos relajamos un poco.

Empezó la reunión, me dedicaste una sonrisa mientras yo exponía mí parte al notar que ha cambiado el formato desde que yo la expongo. No entiendo cómo no empecé a tartamudear. Al rato fuiste víctima de tu propio despiste y todos te molestamos un poco. Tomando al vuelo el comentario de un nerdo de por allí te hable por el Whatsapp, mientras hablábamos del chisme del momento te saqué una sonrisa y una risa. Fueron los mejores momentos de mi día. Me alegré al hacerte sonreir. Creo que no tienes ni idea lo que me provocas cuando te ríes o sonríes por algún comentario que te hago.

La madurez me ha hecho aprender que gustarle a alguien no me hace peor ni mejor persona, como tampoco no gustarle no me hace peor o mejor persona.   Así que si no soy correspondida –como sospecho que será- eso no me traumará. Cuando la enfermedad sea superada por mi sistema inmunológico serás un sonriente y feliz recuerdo. Pero si fuera correspondida te digo, podría pasar la vida escuchandote hablar con pasión y me dedicara de lleno a provocarte risas para que siempre sigas sonriendo hasta con los ojos.

domingo, 9 de febrero de 2014

Los Plutón

Según yo iba a escribir de mi nuevo enamoramiento pero terminé haciéndolo de otro tema.

Resulta difícil decirle un par de verdades evidentes para todos, excepto para los involucrados en la situación. Había una vez una pareja que se llevaba bien, pero tenían este complejo, llamémosle “complejo de Plutón” porque mientras todos los demás planetas interactuaban entre sí, ellos dos andaban en su propia órbita y parecían no tener ninguna intención de acercarse un poco al centro de la galaxia.

Ellos dos en su satélite, parecían estar en una galaxia muy muy lejana….

El problema se nota cuando otros planetas deciden visitarlos o por algún motivo es necesario que los Plutón les agarre como el cometa Halley, o sea, hacer acto de presencia en la Federación de Planetas.

Cuando entra en sesión la federación parece que ella se le cuelga de él, ella no lo abraza, ¡ella se le cuelga del cuello como queriendo marcar territorio y no dejarlo ir! y cuando alguien interactúa con él, lanza estas miradas como molestas, es como que alguien se ha metido en su espacio vital y es necesario sacarlo de allí. Ni hablar cuando toca estar en sesión con miembros no conocidos de la federación, lo más seguro que los Plutón desaparezcan hasta la esquina más lejana o sino pueden ella no pronuncia palabra con las personas con las que –ni modo- hay que estar. Hasta maleducado resulta. Hasta el propio planeta que los presento siente que su presencia allí es incómoda y que la parte femenina de los Plutón reclama derechos de propiedad cuando alguien osa hablarle a él.

La parte masculina de los Plutón, aunque no extremadamente sociable, sabe que es necesario mantener buenas relaciones con el resto de la federación de planetas y que no es bueno vivir tan aislado, bueno, sabe eso en teoría y de verdad lo intenta hacer. Y de manera curiosa, cuando ha socializado sin ella y fuera de su órbita él regresa de un excelente humor. El problema es la parte femenina de Plutón que no lo deja establecer relaciones diplomáticas con los planetas y mucho menos ella intentará.

Creo que muchos hombres envidiarían al él de los Plutón, porque él nunca ha tenido que enfrentar o siquiera ser presentado antes las amigas de ella, es que ella no tiene un grupo de amigas que presentarle. Las salidas de ellos son aisladas, ella quiere estar solo con él y nunca me he enterado que tengan que ir al cumpleaños de no sé que amiga de ella, o que salgan en grupo con otras personas. Me preocupa si se casan si ella tiene las amigas suficientes para tener las madrinas. Ni hablar de cómo socializaran los hijos de los Plutón, ella es hija única y por el lado de él, su hermana mayor por problemas sólo podrá tener una hija y la hermana menor de el esta verde que tenga hijos. Parece ser que los Plutoncitos no conocerían ni tuvieran la figura de "los amigos de mis papás" ni mucho menos poder contar historias de estar enamorados desde los 4 años de los hijos de mis padrinos.

No digo que uno tiene que pasar su vida en una fiesta ni mucho menos, pero uno -por más colectivista que esto suene- vive en sociedad, no trabaja solo, necesita de los demás para sobrevivir –se le llama mercado- crece como persona y profesionalmente gracias a las relaciones interpersonales, la vida es marcada por las experiencias y por las personas con las que compartiste esas vivencias, el mundo se le hace más grande conociendo más personas, nunca se ha escuchado “sí, no hablaba con nadie y así pude conocer muchas formas de vivir”. Ni yo que soy una amante de los libros desde antes de poder leer y creo firmemente en que los libros son excelentes maestros subestimo el poder de buenas conversaciones para cambiar realidades y tener más perspectivas. Nadie dice “sí, quedándome sin salir y sin hablar con nadie conocí el mundo”. Y los amigos son la sal de esta vida, a quien le mentimos.

El problema es cómo hacerle ver esto a una persona que amas -que es la parte masculina de los Plutón- que sabes que tienes pocos cartuchos que poder disparar antes que las puertas de ese tema se cierren y que los tiros te empiezan a salir por la culata. Que vea que a lo largo de los años este problema solo será mayor, bueno, que primero lo vea como problema y si decide que no es un problema que siga adelante, pero que lo vea de manera objetiva.


Cada quien es libre de escoger a su pareja según con lo que uno se sienta a gusto, pero por desgracia desde afuera se ve mejor los errores de rotación planetarios.

jueves, 16 de enero de 2014

Ilusión



Era nochebuena y una chica, mi amiga, me invitó a pasarla junto a su familia en su casa, una mansión postmoderna ubicada a las afueras de Santiago de Chile, en Chicureo, un vecindario de nuevos ricos que tienen un patio de golf como jardín.


Además de nuestras posturas políticas, a ella y a mí nos separaban una lista enorme de contradicciones: desde el gusto por los hombres, hasta la añoranza por la tierra que nos vio nacer. Ambas eramos extranjeras en las tierras australes, sin embargo ella se esforzaba por enumerar los defectos del que ahora era su país de residencia; mientras yo, enumeraba sus bondades.

No era extraño que estas diferencias terminaran a menudo, en acaloradas discusiones que acompañadas de cervezas y cigarros, resultaban entretenidas y refrescantes. Ninguna cedía, ninguna le daba la razón a la otra y sin embargo, siempre nos despedíamos con un beso y una sonrisa, sin resentimientos.

Esa noche, ninguna de esas cosas fue diferente, nos saludamos con cordialidad, nos halagamos el peinado, discutimos acaloradamente, tomamos quizá un poco más de lo usual -era navidad- y nos fuimos a dormir a las 6 de la mañana del siguiente día, cuando el sol ya había salido. Lo único que cambió fue que no estabamos solas.

Durante toda la velada, un interesante espectador había sido testigo de nuestro ritual. Sus ojos azules, los cabellos que caían sobre su frente y sus cejas tristonas acompañaron con cierto interés nuestras exposiciones, las carcajadas y los vasos que se fueron vaciando y llenando, uno tras otro, con vino, vino, más vino y cola de mono.

Su nombre era Pete, un escosés errante con alma de hippie y vida de oficina. Era ingeniero civil y a sus 29 años, un viaje de mochilero por suramérica lo había llevado hasta Santiago doce meses atrás. Un año antes de eso, había vivido en El Salvador, un pequeño país tropical ubicado en el centro de América y una de las pocas cosas que Adriana y yo compartíamos sin discusión: era nuestro lugar de nacimiento.

Adriana habló sin parar de las grandezas del pulgarcito de América -como Gabriela Mistral había bautizado a El Salvador- cosa que aprendí de ella. Decía, entre maliciosas miradas que no disimulaban añoranza, que allá todos sonreían, que la fruta era más rica y los colores más vivos; que la pobreza era más digna, que el alma era más ligera, que las personas eran más amables y que las alegrías eran mayores.

Él la escuchaba recitar todo eso en un pausado inglés, mientras las manitas de mi amiga se columpiaban entre el vaso, su cabello y el aire, donde sus palabras flirteaban, como sin darse cuenta. Yo lo veía a él escuchándola, memoricé su perfil anguloso, las arrugas que se formaban bajo sus ojos, la línea que trazaban sus labios angostos y la anchura de sus hombros, escondidos bajo aquella camisa azul de botones. Entre sorbos e historias decidí que me gustaba.

Cuando dieron las 6 de la mañana y entre los tres habíamos dado vuelta a todas las botellas que encontramos, nos despedimos por un par de horas de aquel extraño que, además de ser interesante, había expuesto su pasión por los países subdesarrollados, por la idiosincracia rural de los pueblos salvadoreños y por la adrenalina que una mochila al hombro y muchos kilómetros de territorio desconocido eran capaces de generar.

"Él me gusta" le dije, sin preámbulos a Adriana. Ella continuó rozando sus ojos con un algodón que se fue tornando cada vez más negro a medida que sus ojos ya no parecían tan grandes, y me contestó, lánguida:
- A mí me parece una buena persona, pero no me gusta.
- A vos te gustan malos. Él tiene cara de niño bueno, a mí esos me gustan.
- O sea, no es feo, pero it's not like I want to have sex with him.

Cuatro horas después, ese mismo día, el sabor a vino en la boca nos acompañó a los tres durante el camino hacia la estación de metro mas cercana. Antes de despedirnos acordamos vernos una vez más en "La Piojera", un bar de mala muerte en el centro de Santiago.

_

Adriana tenía claro que el último lugar del planeta donde quería estar era en aquel rincón de Chile, donde el spa y la piscina eran indispensables para la convivencia. Su padre, un empresario millonario y su madre, una elegante señora ultracatólica, habían llegado a la tierra de Neruda para instalar una empresa. A ella, la subieron en un avión que la hizo volar al infortunio.

Santiago le parecía inhóspito y desagradable; los chilenos le parecían detestables, amargados, fríos y casi monstruosos. Dos años habían sido suficientes para decidir que su alma hippie y pseudo socialista no quería continuar viviendo atrapada entre las Brisas de Chicureo, en la panacea latina del libre mercado. Por eso, tenía un boleto con fecha 2 de enero para regresar a aquella tierra cálida en la que la playa, la pobreza y las sonrisas eran parte del paisaje. Se iría sola. Tenía 27 años, mucho dinero, una carrera y una maestría. En El Salvador le esperaban el calor tropical y una habitación en la casa de su mejor amiga quien se casaría en abril y también le cedería su puesto como arquitecto justo después de la boda, aunque ella no tuviera ni una pisca de experiencia.

Yo estaba terminando el primero de dos años de una maestría en comunicación y mi vivencia chilena era tan opuesta a la de ella, como todo lo demás que nos separaba. Yo había llegado al país de los cielos andinos por mi propio deseo, a ella la habían obligado. Yo vivía y me mantenía por mis propios medios y estaba difrutando cada minuto de aquella realidad que un día me había planteado como meta; a ella la mantenían sus padres y consideraba cada segundo como uno desperdiciado. Mientras ella no podía esperar por salir del país, yo buscaba un trabajo que me permitiera quedarme.

_

El viernes antes de año nuevo, nuestro encuentro en "La Piojera" se concretó. Aunque Adriana y yo llegamos con cuarenta minutos de retraso, Pete nos recibió con la misma camisa azul de la noche de navidad y un abrazo. El bar, que yo visitaba por primera vez, era una cantina pintoresca, bulliciosa y repleta de carcajadas, borrachos que bailaban cueca, amigos que se abrazaban entre brindis, turistas que bebían sin parar y mesitas sucias y pegajosas que sin duda, habían sido testigos de millones de historias.

Cuando cada uno tuvo un "Terremoto" en la mano, la noche empezó. A medida que aquella combinación de granadina, helado de piña y Fernet iba disminuyendo en mi vaso, me di cuenta que mis intervenciones se limitaban a sonreir cuando alguno de mis dos acompañantes decía algo que yo lograba escuchar o entender. Estaban conversando de poesía o de política, quizá de las dos cosas. Me aburrí tanto que me dediqué a ver a los turistas girar en una pista de baile improvisada mientras sacudían un pañuelo blanco en la mano y, a esquivar a uno que otro borracho guiñándome un ojo y brindando conmigo en la distancia.

Pete anunció que más tarde podríamos ir a un lugar de salsa, donde una amiga de la polola de un amigo estaba celebrando su cumpleaños. Sin sospecharlo, mi noche se tornó más divertida: iríamos a mi salsoteca predilecta. Un terremoto más tarde y con una flor de plástico cortesía de un árabe que estaba sentado en la mesa de al lado, tomamos un taxi hacia La Mangosta.

Cuando llegamos al cumpleaños, embriagadas por la noche, la salsa y los terremotos, bailamos con un par de muchachos que se nos acercaron en cuanto nos abrimos paso en la pista. Pete estaba cerca, su mirada rondaba sin disimulo hacia donde estábamos y fingía sonrisas mientras bailaba con una chica alta cuyo vestido insinuaba que no quería irse sola a casa. Adriana decidió que tenía que salvarlo de las faldas de aquella mujer y, escurridiza como era, se abrió paso hasta donde estaban. En cuanto posó sus brazos al rededor del rubio cuello de Pete, las esperanzas de más de una persona en ese club se hicieron añicos. Bailaron un rato juntos y yo me perdí entre la multitud.

_

Adriana y yo nos habíamos conocido algunos años atrás, pero nunca habíamos escuchado nuestras voces hasta aquel día de septiembre en que, abrigada hasta la cabeza, fue a buscarme a la última estación de la línea amarilla del metro. Su madre y la mía habían sido compañeras de colegio y cuarenta años después, sus hijas, coincidíamos en el mismo país y teníamos más o menos la misma edad. En otro contexto, jamás nos hubieramos considerado material de amistad, pero ambas decidimos darnos una oportunidad y pretendimos que llevarnos bien era posible.

Ella era pequeñísima, escuálida y tenía cara de niñita. Se pintaba los ojos con un grueso contorno negro, casi tan oscuro como su cabello y tenía un aire de introversión mezclada con amargura. Algunos dirían que era bonita. Hablaba bajo y casi siempre suspiraba antes de empezar una oración. Le encantaba charlar sobre hombres y fumar.

Además de estudiar, yo trabajaba en una tienda de ropa, para pagar la renta. Pasaba de 10 am a 3:30 pm ordenando poleras de la talla S hasta la XL, repartiendo sonrisas fingidas a chiquillas flacuchentas y doblando chalecos de lana.

Un miércoles, mientras caminaba por el barrio Bellas Artes, un suspiro y una vocecilla lánguida aparecieron del otro lado del teléfono diciendo que necesitaba juntar dinero para irse de viaje a San Pedro de Atacama. Era Adriana. Le dije que casualmente, habría una vacante disponible en la tienda a partir de la semana entrante. Fue así como durante todo un mes la vi entrar por la puerta de la tienda entre un par de maniquis, arrastrando los pies y una amargura crónica que se respiraba a la distancia, junto a su permantente olor a cigarro.

Discutíamos casi cada día y tomábamos casi demasiada Coca-Cola. Descubrí que aquella cara y ese cuerpecito de adolescente enclenque eran el empaque perfecto para ella: una damasiela en peligro permanente. Cada vez que su figurita aparecía entre los miniquies tiesos, una estela de quejas se avecinaba. Todo le parecía mal, tenía una mueca para cada ocasión, peleaba con todos por nada y al mismo tiempo, no podía hacer nada sola y necesitaba que le tuvieran una especie de compasión automática. Estar con ella era más cansado que ordenar la bodega de la tienda.

Un día decidió contarme por qué necesitaba plata para ir a San Pedro. Un tonito de picardía y cierto brillito coqueto en sus enormes ojos cafés sazonaban cada palabra que decía. "Es un músico hippie, toca 18 instrumentos y fuma weed todo el día. Tiene el pelo largo, más largo que el mío. Lo conocí tocando la guitarra en un bar en San Pedro, ahí trabaja en la noche. Desde que lo ví me gustó y le planté un beso sin preguntarle, para que lo supiera. Yo no quería nada serio con él, pero me pidió que fuera su novia. Nos hemos visto un total de tres semanas desde que nos conocimos hace seis meses. Me llevó a conocer a su mamá, él vino a conocer a mis papás y adoptamos un perro que vive con él. En noviembre me voy a San Pedro y voy a estar ahí hasta diciembre, después veremos si me quedo más tiempo. Él dijo que me compraría el boleto, y aunque no quiero deberle nada, lo voy a aceptar. ¡Es tan lindo!"

Un día antes de la fecha de su vuelo y con un cheque en la mano, producto de aquel período miserable de su vida en la tienda, arrastró por última vez los pies entre los maiquís tiesos y se fue. El siguiente día, ella y sus maletas estaban listas para un mes de sexo, drogas y libertad. Sin embargo, ese que una vez le había cantado las melodías mas románticas al oído, la llamó un par de horas antes de que ella abordara el avión y, sin mucha misericordia, le dijo que era mejor que no apareciera. Después de varios minutos de incredulidad y un sentido grito de "cabrón hijo de puta", supo que una turista australiana había estado viviendo con él las últimas tres semanas.

Yo me enteré de la tragedia el siguiente día, cuando en lugar de estar con el hippie de los 18 instrumentos, Adriana se juntó conmigo en un barcito en la calle Manuel Montt a eso de las 5 de la tarde. Pedimos un par de Tequilas Sunrise, aprovechando la Happy Hour y después de brindar, me contó con más detalle la situación.

A Jhonathan -también conocido como "cabrón hijo de puta" - le gustaba tocar la guitarra y disfrutaba de a-coger mujeres, de pereferencia turistas, en su casa. En octubre, una australiana que pasaba por el pueblo había sido a-cogida por este singular trobador y ella se había sentido tan complacida, que decidió quedarse con él durante varios días. El panorama se complicó cuando los días de octubre se fueron acabando y las ilusiones de Adriana por visitar a su amado, iban incrementando.

Cuando faltaban tres días para que el mes cambiara de nombre y con serias sospechas de que algo andaba mal por San Pedro, Adriana por fin recibió el esperado boleto con destino a Atacama. Horas antes, ese mismo día, la australiana había emprendido un viaje a Bolivia del que se retractaría el día siguiente, volviendo a los brazos de Jhonatan, quien a su vez, tendría que encontrar la forma para deshacerse de su siguiente acogida, quién a esas alturas, ya había recibido el boleto.

Por supuesto que me sentí mal por ella y despotricamos juntas, acompañadas de Tequila Sunrise y luego cervezas -cuado se acabó la Happy Hour-, en contra del malnacido, cabrón, hijo de puta que había engañado y mentido a la pobre e inocente Adriana, cual adolescente ilusionada.

Cualquier mujer con un gramo de cerebro y/o dignidad, habría mandando al carajo al sujeto en cuestión. Pero no. Una semana después del drama y el despotricamiento, me enteré que Adriana iba rumbo a San Pedro: dejaba Santiago, junto a su dignidad. El reencuentro le duró una semana. La pasaron bien, sí. Fumaban y tomaban micheladas como desayuno a las 10 de la mañana; pasaban la noche en bar, él tocando, ella suspirando. Pero al quinto día, la australiana que ahora sí, se había ido a Bolivia, regresó. "Es mejor que te vayas de aquí y te quedes con mis amigos" fueron las sutiles palabras que Jhonathan usó como despedida.

-

La Mangosta era una salsoteca ubicada en una zona no muy bonita de Santiago, aproximadamente a 16 lucas de distancia en taxi, lo que para mi salario de tienda equivalía a una fortuna. Se bailaba salsa cubana, salsa en línea y bachata. Cada dos horas, interrumpían la programación salsera y el DJ hacía un mix de música bastante incomprensible que iba desde el soundtrack de Grease hasta perreo intenso. Los visitantes de La Mangosta se dividían entre caribeños, salseros, turistas y almas confundidas. Yo era un híbrido.

Después de bailar varias canciones quise saber dónde estaban el escocés y Adriana. Los busqué durante un buen rato por el club. Caminaba al rededor de la pista de baile, tropezándome con las sillas y esquivando a los grupitos de gente conversando, mientras trataba de identificar la cabeza rubia de Pete entre las decenas que se movían al ritmo de la música en aquella reunión de compases caribeños. Después de la tercera ronda sin verlos, se me ocurrió que debían estar afuera, fumando.

Efectivamente estaban afuera, pero no estaban fumando. Sus manos entrelazadas y la mirada tonta de Adriana, perdida en los ojos de ese, sobre quien habíamos tenido una conversación esa misma noche en la que claramente mencioné que me gustaba, me dijeron todo lo que tenía que saber. Estaba indignada. Un sudorcito frío me empapó la cara y mis labios se apretaron, transformándose en una mueca de repulsión. Me quedé un par de segundos ahí, viéndolos verse, coqueteando. Por mi mente pasaron toda clase de maldiciones y confirmé de inmediato que, aquellas desventuras en San Pedro, Adriana las tenía bien merecidas.

Quería gritarle, desangrarla a pulso de palabras, herirla dolorosamente con sonidos cargados de reproche, asco y maldad. Pequeñita, insignificante como era, hubiese sido tan fácil destrozarla con un par de sílabas bien pronunciadas. Pero por eso, no lo hice.

Cuando se dieron cuenta de mi presencia, como tratando de tapar un olor hediondo, se soltaron las manos. Yo me acerqué y les dije con honestidad "pensé que estaban fumando". Me di media vuelta y volví a entrar al club. Me sentía sola, molesta, indignada y estúpida. Estúpida por confiar en aquel intento de mujer cuya dignidad era del tamaño de sus pechos y, sus méritos, conquistar extranjeros hippientos. Su comportamiento de esa noche me había explicado, sin una sola palabra, los por qués: por qué su existencia era tan lúgubre y amargada, por qué fumaba tanto, por qué tenía recurrentes crisis de ansiedad y ataques de pánico. Porque era una desgraciada.

Regresé sola a casa, no sin antes decirle, directo a los ojos "Ahora entiendo.".

Eran las 4:00 de la mañana y yo no tenía dinero para pagar un taxi. Decidí recorrer la Alameda y buscar dónde tomar la 405, la micro azul que me dejaba más cerca del departamento. Caminé despacio desde Plaza Italia hasta encontrar el paradero y mientras me deslizaba por la acera me percaté de mi tranquilidad y de lo feliz que estaba de conservar mi dignidad intacta. Quizá estaba sola, pero estaba tranquila, como la noche que me acompañaba silenciosa. Concluí que la vida siempre se encarga de darle a cada uno lo que se merece, entonces mis labios se relajaron y aquella mueca de reproche se convirtió en una sonrisita dedicada a mí.

El siguiente día recibí un par de mensajes pidiendo disculpas, sin muchas explicaciones. Eran más un trámite por cortesía que un intento de reconciliación.

Nunca los volví a ver, ni a ella ni a él.

Yo sufro de un padecimiento llamado ilusión. Aquel día fue una recaída.

martes, 7 de enero de 2014

Despedida

A eso de las 8 de la mañana llegó el momento de irme. Empender la retirada es siempre un ritual, pero esta vez era diferente, era una despedida. El sol ya había salido y con la habitación iluminada a medias, caminé hacia el espejo. A medida que fui intercambiando mi ropa habitual por la camiseta que Alex me había prestado para dormir, me invadió una sensación de transformación inexplicable. Cuando estuve vestida, me hice un moño y me puse una flor en el pelo para verme digna. Alex también se vistió y dijo que me esperaría afuera mientras fumaba.

Él estaba dormido aún, acostado en la cama, solo. Cuando estuve lista, tomé mi cartera y caminé hacia la puerta, pasé justo a su lado, pretendiendo que no estaba ahí. No dí ni una señal de arrepentimiento sobre lo que había pasado ese mismo día, unas horas antes, en la cama de al lado, con su amigo.

Cuando llegué al umbral de la puerta lo miré: miré sin curiosidad al ocupante solitario del colchón de la esquina. Estaba dispuesta a despedirme, a decir adiós o "chao", lo que me saliera primero de la boca. No quería solo desaparecer, necesitaba despedirme. Seguí avanzando. Se movió. Volvío su cuerpo hacia donde yo estaba y entonces retrocedí, dí un paso hacia atrás como quién recuerda algo olvidado e intenta regresar; incliné mi cabeza hacia atrás y levanté la mano, en un gesto de despedida. Abrió los ojos, adormecido y me vio, con mi blusa a rayas, mi pelo apretado en un moño, y mi mano moviéndose, despidiéndome.


No recuerdo si dije "chao" o nos vemos; quizá no dije nada, pero detrás de la puerta antiquísima de ese hostal en Baquedano, moviendo mis dedos como diciendo adiós, me despedí de él en todas sus dimensiones. El movimiento de mis dedos difuminó su recuerdo, su encantamiento. En un pestañeo, tan espontáneo como el día aquel en que me perdí en sus ojos, yo misma había encontrado la salida.

Al cerrar la puerta, soltando la manecilla en silencio, él quedó ahí, solo, desnudo quizá. Yo avancé. Sonreí para mí, y seguí caminando segura de que adelante encontraría muchas más historias, construiría nuevos recuerdos y conocería otros ojos tristones que me harían sentir encantamientos literarios.