jueves, 16 de enero de 2014

Ilusión



Era nochebuena y una chica, mi amiga, me invitó a pasarla junto a su familia en su casa, una mansión postmoderna ubicada a las afueras de Santiago de Chile, en Chicureo, un vecindario de nuevos ricos que tienen un patio de golf como jardín.


Además de nuestras posturas políticas, a ella y a mí nos separaban una lista enorme de contradicciones: desde el gusto por los hombres, hasta la añoranza por la tierra que nos vio nacer. Ambas eramos extranjeras en las tierras australes, sin embargo ella se esforzaba por enumerar los defectos del que ahora era su país de residencia; mientras yo, enumeraba sus bondades.

No era extraño que estas diferencias terminaran a menudo, en acaloradas discusiones que acompañadas de cervezas y cigarros, resultaban entretenidas y refrescantes. Ninguna cedía, ninguna le daba la razón a la otra y sin embargo, siempre nos despedíamos con un beso y una sonrisa, sin resentimientos.

Esa noche, ninguna de esas cosas fue diferente, nos saludamos con cordialidad, nos halagamos el peinado, discutimos acaloradamente, tomamos quizá un poco más de lo usual -era navidad- y nos fuimos a dormir a las 6 de la mañana del siguiente día, cuando el sol ya había salido. Lo único que cambió fue que no estabamos solas.

Durante toda la velada, un interesante espectador había sido testigo de nuestro ritual. Sus ojos azules, los cabellos que caían sobre su frente y sus cejas tristonas acompañaron con cierto interés nuestras exposiciones, las carcajadas y los vasos que se fueron vaciando y llenando, uno tras otro, con vino, vino, más vino y cola de mono.

Su nombre era Pete, un escosés errante con alma de hippie y vida de oficina. Era ingeniero civil y a sus 29 años, un viaje de mochilero por suramérica lo había llevado hasta Santiago doce meses atrás. Un año antes de eso, había vivido en El Salvador, un pequeño país tropical ubicado en el centro de América y una de las pocas cosas que Adriana y yo compartíamos sin discusión: era nuestro lugar de nacimiento.

Adriana habló sin parar de las grandezas del pulgarcito de América -como Gabriela Mistral había bautizado a El Salvador- cosa que aprendí de ella. Decía, entre maliciosas miradas que no disimulaban añoranza, que allá todos sonreían, que la fruta era más rica y los colores más vivos; que la pobreza era más digna, que el alma era más ligera, que las personas eran más amables y que las alegrías eran mayores.

Él la escuchaba recitar todo eso en un pausado inglés, mientras las manitas de mi amiga se columpiaban entre el vaso, su cabello y el aire, donde sus palabras flirteaban, como sin darse cuenta. Yo lo veía a él escuchándola, memoricé su perfil anguloso, las arrugas que se formaban bajo sus ojos, la línea que trazaban sus labios angostos y la anchura de sus hombros, escondidos bajo aquella camisa azul de botones. Entre sorbos e historias decidí que me gustaba.

Cuando dieron las 6 de la mañana y entre los tres habíamos dado vuelta a todas las botellas que encontramos, nos despedimos por un par de horas de aquel extraño que, además de ser interesante, había expuesto su pasión por los países subdesarrollados, por la idiosincracia rural de los pueblos salvadoreños y por la adrenalina que una mochila al hombro y muchos kilómetros de territorio desconocido eran capaces de generar.

"Él me gusta" le dije, sin preámbulos a Adriana. Ella continuó rozando sus ojos con un algodón que se fue tornando cada vez más negro a medida que sus ojos ya no parecían tan grandes, y me contestó, lánguida:
- A mí me parece una buena persona, pero no me gusta.
- A vos te gustan malos. Él tiene cara de niño bueno, a mí esos me gustan.
- O sea, no es feo, pero it's not like I want to have sex with him.

Cuatro horas después, ese mismo día, el sabor a vino en la boca nos acompañó a los tres durante el camino hacia la estación de metro mas cercana. Antes de despedirnos acordamos vernos una vez más en "La Piojera", un bar de mala muerte en el centro de Santiago.

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Adriana tenía claro que el último lugar del planeta donde quería estar era en aquel rincón de Chile, donde el spa y la piscina eran indispensables para la convivencia. Su padre, un empresario millonario y su madre, una elegante señora ultracatólica, habían llegado a la tierra de Neruda para instalar una empresa. A ella, la subieron en un avión que la hizo volar al infortunio.

Santiago le parecía inhóspito y desagradable; los chilenos le parecían detestables, amargados, fríos y casi monstruosos. Dos años habían sido suficientes para decidir que su alma hippie y pseudo socialista no quería continuar viviendo atrapada entre las Brisas de Chicureo, en la panacea latina del libre mercado. Por eso, tenía un boleto con fecha 2 de enero para regresar a aquella tierra cálida en la que la playa, la pobreza y las sonrisas eran parte del paisaje. Se iría sola. Tenía 27 años, mucho dinero, una carrera y una maestría. En El Salvador le esperaban el calor tropical y una habitación en la casa de su mejor amiga quien se casaría en abril y también le cedería su puesto como arquitecto justo después de la boda, aunque ella no tuviera ni una pisca de experiencia.

Yo estaba terminando el primero de dos años de una maestría en comunicación y mi vivencia chilena era tan opuesta a la de ella, como todo lo demás que nos separaba. Yo había llegado al país de los cielos andinos por mi propio deseo, a ella la habían obligado. Yo vivía y me mantenía por mis propios medios y estaba difrutando cada minuto de aquella realidad que un día me había planteado como meta; a ella la mantenían sus padres y consideraba cada segundo como uno desperdiciado. Mientras ella no podía esperar por salir del país, yo buscaba un trabajo que me permitiera quedarme.

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El viernes antes de año nuevo, nuestro encuentro en "La Piojera" se concretó. Aunque Adriana y yo llegamos con cuarenta minutos de retraso, Pete nos recibió con la misma camisa azul de la noche de navidad y un abrazo. El bar, que yo visitaba por primera vez, era una cantina pintoresca, bulliciosa y repleta de carcajadas, borrachos que bailaban cueca, amigos que se abrazaban entre brindis, turistas que bebían sin parar y mesitas sucias y pegajosas que sin duda, habían sido testigos de millones de historias.

Cuando cada uno tuvo un "Terremoto" en la mano, la noche empezó. A medida que aquella combinación de granadina, helado de piña y Fernet iba disminuyendo en mi vaso, me di cuenta que mis intervenciones se limitaban a sonreir cuando alguno de mis dos acompañantes decía algo que yo lograba escuchar o entender. Estaban conversando de poesía o de política, quizá de las dos cosas. Me aburrí tanto que me dediqué a ver a los turistas girar en una pista de baile improvisada mientras sacudían un pañuelo blanco en la mano y, a esquivar a uno que otro borracho guiñándome un ojo y brindando conmigo en la distancia.

Pete anunció que más tarde podríamos ir a un lugar de salsa, donde una amiga de la polola de un amigo estaba celebrando su cumpleaños. Sin sospecharlo, mi noche se tornó más divertida: iríamos a mi salsoteca predilecta. Un terremoto más tarde y con una flor de plástico cortesía de un árabe que estaba sentado en la mesa de al lado, tomamos un taxi hacia La Mangosta.

Cuando llegamos al cumpleaños, embriagadas por la noche, la salsa y los terremotos, bailamos con un par de muchachos que se nos acercaron en cuanto nos abrimos paso en la pista. Pete estaba cerca, su mirada rondaba sin disimulo hacia donde estábamos y fingía sonrisas mientras bailaba con una chica alta cuyo vestido insinuaba que no quería irse sola a casa. Adriana decidió que tenía que salvarlo de las faldas de aquella mujer y, escurridiza como era, se abrió paso hasta donde estaban. En cuanto posó sus brazos al rededor del rubio cuello de Pete, las esperanzas de más de una persona en ese club se hicieron añicos. Bailaron un rato juntos y yo me perdí entre la multitud.

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Adriana y yo nos habíamos conocido algunos años atrás, pero nunca habíamos escuchado nuestras voces hasta aquel día de septiembre en que, abrigada hasta la cabeza, fue a buscarme a la última estación de la línea amarilla del metro. Su madre y la mía habían sido compañeras de colegio y cuarenta años después, sus hijas, coincidíamos en el mismo país y teníamos más o menos la misma edad. En otro contexto, jamás nos hubieramos considerado material de amistad, pero ambas decidimos darnos una oportunidad y pretendimos que llevarnos bien era posible.

Ella era pequeñísima, escuálida y tenía cara de niñita. Se pintaba los ojos con un grueso contorno negro, casi tan oscuro como su cabello y tenía un aire de introversión mezclada con amargura. Algunos dirían que era bonita. Hablaba bajo y casi siempre suspiraba antes de empezar una oración. Le encantaba charlar sobre hombres y fumar.

Además de estudiar, yo trabajaba en una tienda de ropa, para pagar la renta. Pasaba de 10 am a 3:30 pm ordenando poleras de la talla S hasta la XL, repartiendo sonrisas fingidas a chiquillas flacuchentas y doblando chalecos de lana.

Un miércoles, mientras caminaba por el barrio Bellas Artes, un suspiro y una vocecilla lánguida aparecieron del otro lado del teléfono diciendo que necesitaba juntar dinero para irse de viaje a San Pedro de Atacama. Era Adriana. Le dije que casualmente, habría una vacante disponible en la tienda a partir de la semana entrante. Fue así como durante todo un mes la vi entrar por la puerta de la tienda entre un par de maniquis, arrastrando los pies y una amargura crónica que se respiraba a la distancia, junto a su permantente olor a cigarro.

Discutíamos casi cada día y tomábamos casi demasiada Coca-Cola. Descubrí que aquella cara y ese cuerpecito de adolescente enclenque eran el empaque perfecto para ella: una damasiela en peligro permanente. Cada vez que su figurita aparecía entre los miniquies tiesos, una estela de quejas se avecinaba. Todo le parecía mal, tenía una mueca para cada ocasión, peleaba con todos por nada y al mismo tiempo, no podía hacer nada sola y necesitaba que le tuvieran una especie de compasión automática. Estar con ella era más cansado que ordenar la bodega de la tienda.

Un día decidió contarme por qué necesitaba plata para ir a San Pedro. Un tonito de picardía y cierto brillito coqueto en sus enormes ojos cafés sazonaban cada palabra que decía. "Es un músico hippie, toca 18 instrumentos y fuma weed todo el día. Tiene el pelo largo, más largo que el mío. Lo conocí tocando la guitarra en un bar en San Pedro, ahí trabaja en la noche. Desde que lo ví me gustó y le planté un beso sin preguntarle, para que lo supiera. Yo no quería nada serio con él, pero me pidió que fuera su novia. Nos hemos visto un total de tres semanas desde que nos conocimos hace seis meses. Me llevó a conocer a su mamá, él vino a conocer a mis papás y adoptamos un perro que vive con él. En noviembre me voy a San Pedro y voy a estar ahí hasta diciembre, después veremos si me quedo más tiempo. Él dijo que me compraría el boleto, y aunque no quiero deberle nada, lo voy a aceptar. ¡Es tan lindo!"

Un día antes de la fecha de su vuelo y con un cheque en la mano, producto de aquel período miserable de su vida en la tienda, arrastró por última vez los pies entre los maiquís tiesos y se fue. El siguiente día, ella y sus maletas estaban listas para un mes de sexo, drogas y libertad. Sin embargo, ese que una vez le había cantado las melodías mas románticas al oído, la llamó un par de horas antes de que ella abordara el avión y, sin mucha misericordia, le dijo que era mejor que no apareciera. Después de varios minutos de incredulidad y un sentido grito de "cabrón hijo de puta", supo que una turista australiana había estado viviendo con él las últimas tres semanas.

Yo me enteré de la tragedia el siguiente día, cuando en lugar de estar con el hippie de los 18 instrumentos, Adriana se juntó conmigo en un barcito en la calle Manuel Montt a eso de las 5 de la tarde. Pedimos un par de Tequilas Sunrise, aprovechando la Happy Hour y después de brindar, me contó con más detalle la situación.

A Jhonathan -también conocido como "cabrón hijo de puta" - le gustaba tocar la guitarra y disfrutaba de a-coger mujeres, de pereferencia turistas, en su casa. En octubre, una australiana que pasaba por el pueblo había sido a-cogida por este singular trobador y ella se había sentido tan complacida, que decidió quedarse con él durante varios días. El panorama se complicó cuando los días de octubre se fueron acabando y las ilusiones de Adriana por visitar a su amado, iban incrementando.

Cuando faltaban tres días para que el mes cambiara de nombre y con serias sospechas de que algo andaba mal por San Pedro, Adriana por fin recibió el esperado boleto con destino a Atacama. Horas antes, ese mismo día, la australiana había emprendido un viaje a Bolivia del que se retractaría el día siguiente, volviendo a los brazos de Jhonatan, quien a su vez, tendría que encontrar la forma para deshacerse de su siguiente acogida, quién a esas alturas, ya había recibido el boleto.

Por supuesto que me sentí mal por ella y despotricamos juntas, acompañadas de Tequila Sunrise y luego cervezas -cuado se acabó la Happy Hour-, en contra del malnacido, cabrón, hijo de puta que había engañado y mentido a la pobre e inocente Adriana, cual adolescente ilusionada.

Cualquier mujer con un gramo de cerebro y/o dignidad, habría mandando al carajo al sujeto en cuestión. Pero no. Una semana después del drama y el despotricamiento, me enteré que Adriana iba rumbo a San Pedro: dejaba Santiago, junto a su dignidad. El reencuentro le duró una semana. La pasaron bien, sí. Fumaban y tomaban micheladas como desayuno a las 10 de la mañana; pasaban la noche en bar, él tocando, ella suspirando. Pero al quinto día, la australiana que ahora sí, se había ido a Bolivia, regresó. "Es mejor que te vayas de aquí y te quedes con mis amigos" fueron las sutiles palabras que Jhonathan usó como despedida.

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La Mangosta era una salsoteca ubicada en una zona no muy bonita de Santiago, aproximadamente a 16 lucas de distancia en taxi, lo que para mi salario de tienda equivalía a una fortuna. Se bailaba salsa cubana, salsa en línea y bachata. Cada dos horas, interrumpían la programación salsera y el DJ hacía un mix de música bastante incomprensible que iba desde el soundtrack de Grease hasta perreo intenso. Los visitantes de La Mangosta se dividían entre caribeños, salseros, turistas y almas confundidas. Yo era un híbrido.

Después de bailar varias canciones quise saber dónde estaban el escocés y Adriana. Los busqué durante un buen rato por el club. Caminaba al rededor de la pista de baile, tropezándome con las sillas y esquivando a los grupitos de gente conversando, mientras trataba de identificar la cabeza rubia de Pete entre las decenas que se movían al ritmo de la música en aquella reunión de compases caribeños. Después de la tercera ronda sin verlos, se me ocurrió que debían estar afuera, fumando.

Efectivamente estaban afuera, pero no estaban fumando. Sus manos entrelazadas y la mirada tonta de Adriana, perdida en los ojos de ese, sobre quien habíamos tenido una conversación esa misma noche en la que claramente mencioné que me gustaba, me dijeron todo lo que tenía que saber. Estaba indignada. Un sudorcito frío me empapó la cara y mis labios se apretaron, transformándose en una mueca de repulsión. Me quedé un par de segundos ahí, viéndolos verse, coqueteando. Por mi mente pasaron toda clase de maldiciones y confirmé de inmediato que, aquellas desventuras en San Pedro, Adriana las tenía bien merecidas.

Quería gritarle, desangrarla a pulso de palabras, herirla dolorosamente con sonidos cargados de reproche, asco y maldad. Pequeñita, insignificante como era, hubiese sido tan fácil destrozarla con un par de sílabas bien pronunciadas. Pero por eso, no lo hice.

Cuando se dieron cuenta de mi presencia, como tratando de tapar un olor hediondo, se soltaron las manos. Yo me acerqué y les dije con honestidad "pensé que estaban fumando". Me di media vuelta y volví a entrar al club. Me sentía sola, molesta, indignada y estúpida. Estúpida por confiar en aquel intento de mujer cuya dignidad era del tamaño de sus pechos y, sus méritos, conquistar extranjeros hippientos. Su comportamiento de esa noche me había explicado, sin una sola palabra, los por qués: por qué su existencia era tan lúgubre y amargada, por qué fumaba tanto, por qué tenía recurrentes crisis de ansiedad y ataques de pánico. Porque era una desgraciada.

Regresé sola a casa, no sin antes decirle, directo a los ojos "Ahora entiendo.".

Eran las 4:00 de la mañana y yo no tenía dinero para pagar un taxi. Decidí recorrer la Alameda y buscar dónde tomar la 405, la micro azul que me dejaba más cerca del departamento. Caminé despacio desde Plaza Italia hasta encontrar el paradero y mientras me deslizaba por la acera me percaté de mi tranquilidad y de lo feliz que estaba de conservar mi dignidad intacta. Quizá estaba sola, pero estaba tranquila, como la noche que me acompañaba silenciosa. Concluí que la vida siempre se encarga de darle a cada uno lo que se merece, entonces mis labios se relajaron y aquella mueca de reproche se convirtió en una sonrisita dedicada a mí.

El siguiente día recibí un par de mensajes pidiendo disculpas, sin muchas explicaciones. Eran más un trámite por cortesía que un intento de reconciliación.

Nunca los volví a ver, ni a ella ni a él.

Yo sufro de un padecimiento llamado ilusión. Aquel día fue una recaída.

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