miércoles, 6 de noviembre de 2013

Truculencia perdida

Me acuerdo de las primeras veces que te vi y te hablé. Era agosto. Algo me llamaba la atención en ti, así que buscaba sentarme contigo en Matemáticas II. Recién salida del colegio católico solo de mujeres el contacto con hombres era escaso. Sobre todo que la mayor parte de mi adolescencia la pase entre libros y piyamadas inocentes con mis amigas del colegio. El Conde de Montecristo fue el libro que nos conectó. Un día viste que lo andaba en mi mochila y a partir de él tuvimos una excusa para hablar cada vez que nos encontrábamos fuera de clase. Yo tenía 18 años y tú 21.

Una chispa, una vitalidad y una cierta truculencia me hacía estar prendada de ti. Siempre te reías de tu chiste interno que yo quería descubrir. No eras guapo, ya empezabas a quedarte calvo y engordarbas si no hacías ejercicio. 

Como te comentaba, no tuve mucha experiencia en mi adolescencia con los hombres y a las semanas resultó ser muy obvia mi torpeza de nerd mientras te coqueteaba. Quisiera pensar que te sentiste halagado, porque cometiste el error de pavonearte frente a otros que a mí me gustabas, pero en tus palabras “me harías esperar para hacerme caso” para según tu “que me valore más”. El error fue decir eso frente a un amigo mutuo que me lo comentó al día siguiente. Me dolió mucho el amor propio y mi ingenuidad que buscaba un cuento de hadas se vio desecha al sentir que pretendías seguir haciéndote rogar. La ingeniera en mi vio eso como una pérdida de tiempo y la mujer en mi decidió no hablarte para que no pensaras que mi vida dependía de una decisión tuya.

Mi orgullo en la época del Messenger se expresó no hablándote cada vez que te conectabas. Extrañaba nuestras conversaciones, los libros por comentar, las recetas de cocina, las risas compartidas hasta la madrugada y las serenatas en línea que me dabas con tu guitarra.

Los meses transcurrieron, terminó ese año universitario, Navidad y Año Nuevo pasaron de largo. Llegó el 14 de febrero. Desde niña comparto el día de la amistad con mis amigas del colegio. Regresaba a mi casa cuando mi celular anuncia que me llamabas. Como si no hubiera pasado el tiempo te conteste con el más sincero “Hola, que ondas, qué tal estas”. Ignoraste mi saludo al preguntarme “y a vos qué te pasa, vos piensas ignorarme por el resto de mi vida”. Una risa de victoria se me escapo antes de contestarte: “Bueno, creo que me tú me has valorado más a mí en este tiempo”. Una risa complementó un sincero “no era esa la forma que lo visualice que se iba a jugar todo esto”. Te explique que esa era la diferencia fundamental entre los dos, yo soy juguetona pero no a costa de la ilusión ajena. Reglas claras ante todo.

Empezamos a hablar de nuevo, con la misma frecuencia de siempre pero con menos chispa. Te conocí más como persona. Me contaste de todas tus exnovias para que yo supiera a qué atenerme.  Me sorprendías, tus regalos nunca fueron una camisa del almacen de departamentos del país. Siempre era el pesto de albahaca y almendras que yo adoraba para sorprenderme en mi cumpleaños, tocaban el tiembre de mi casa y eras tú con la nueva marca de té helado de limón (una de mis bebidas favoritas) para que lo tomará mientras leía el libro nuevo que sabías que tenía. Era la única que podía jugar con su PSP todo lo que quisiera. "More than a feeling" es tu canción. No por que me la dedicaras, sino porque es el primer nivel de Rock Band, de la cual nunca pasé. Pasaron meses y establecimos esta dinámica de mejores amigos que parecen novios. Pero nunca frente a los demás, siempre al estar solos. Compartimos besos fugaces que eran producto más de cariño que de atracción física.  Tuvimos una dependencia extraña, poco sana. Las palabras no dichas pesaban demasiado entre los dos, hubo épocas que eran un yunque, otros días no eran más que un ligero vapor. La frustración empezaba a crecer. Por internet, me dijiste los halagos más sinceros y profundos que he recibido, nos veíamos cara a cara al día siguiente y me comentabas sobre la guapa nueva de psicología que querías  conocer. No entendía que pasaba. En vivo no demostrabas tu admiración y por las noches me decías que querías construir una vida con una mujer como yo, que si yo quería, mañana mismo empezábamos con los cimientos. Me desesperé de esa actitud.

Empezó la época del on-off. Me alejaba, me buscabas, te alejabas, te buscaba. Me desgaste muchísimo en esos años. No sabía qué hacer contigo. Me esforzaba por agradarte sin lograrlo. Moldeaba mi personalidad según lo que sentía que te agradaba. Me deje de reconocer en ciertas épocas.

Pasaron los años. Noté cambios en ti. Sigo sin entender qué fue exactamente. A riesgo de sonar como cliché, pero fuimos los dos. Yo me convertí en un ser más complejo y con más seguridad. Tú decidiste permanecer en tu cancha de la comodidad y empezaste a perder ese brillo truculento en los ojos.

Iba yo a egresar y tú aún no. Decidiste empezar a tirar fuerte por mí, me enseñaste mucho del negocio que tú ya te movías como pez en el agua y yo apenas aprendía a flotar. Me ayudaste demasiado. Hacías cosas imposibles por mí. Me sorprendió mucho, me halagó y me sentí feliz.

Me compartías tus experiencias dentro de una ONG. Te saliste porque consideraste muy difícil el camino por luchar. Yo me metí a la plaza que tú ya no quisiste. Cada vez que te contaba de mi trabajo dentro de la ONG, de una manera pasiva agresiva te burlabas de mí. Me costó mucho tiempo entender tus burlas, eran muy elegantes, pero expresaban tus inseguridades. Le eras infiel a tus creencias y dejaste de perseguir la coherencia con tus principios.

Un día te cuento que había encontrado una organización donde me sentía a mi gusto, que las personas eran agradables, tenían las mismas manías y gustos que yo. Donde mis chistes nerds o mis obsesiones por El Señor de los Anillos, Harry Potter, De regreso al futuro, Star Wars, Star Trek y Highlander eran compartidas. Y eran libertarios.  Solo había asistido a dos reuniones, pero me sentía cómoda entre ellos.

Esta vez tu burla no fue ni elegante, ni pasiva agresiva. Fue producto de tus inseguridades, fue hasta cierto punto hiriente, pero me hizo abrir los ojos escuchar  “espero que en unos años se te quiten esas ideas de hacer algo por cambiar el status quo. A mí ya se me quitaron, espero que pronto se te pasen. Pero eso sí, que bien que con esa gente podrás reírte de chistes de los libros que no compartimos”. Reaccioné como siempre, argumentando por qué estabas en lo erróneo, pero días después comprendí que tú no te creías en la capacidad de dar la lucha. Supe que el chiste interno del que te reías se perdió, el ratoncito dentro de tu mente había parado. En mi interior te dije adiós.

No viste en que momento pasó, intentaste seguir reconquistándome. Yo ya no participe en tu juego. Deje de responder con coquetería a tus halagos. Guarde la sonrisa retorcida que ocupaba contigo y seguí adelante con mis proyectos. Nos distanciamos.

Siempre me quedaron dudas, quisiera conocer tu lado de la historia, conocer tus verdaderos por qué. No he podido y ha pasado tanto tiempo que ya no se sintiera natural hablar del pasado. A decir verdad ya no se siente natural hablar. Antes me daba curiosidad, pero escribiendo esto, he comprendido que hay historias que no necesitan tener explicados todos sus detalles, que no todas tienen porque esclarecer las cosas no dichas. La nuestra es una así.

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